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Información Científica

Última actualización [08/06/2011]


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Factores de riesgo personales, psicosociales y consumo de alcohol en mujeres adultas

María Magdalena Alonso-Castillo, Javier Álvarez-Bermúdez, Karla Selene López-García, Lucio Rodríguez-Aguilar, María Teresa de Jesús Alonso-Castillo, Nora Angélica-Armendáriz

MEXICO

El consumo de alcohol como hábito social ha estado presente a lo largo de la historia de todas las sociedades y en distintos ámbitos de la vida del hombre. En los últimos años y como resultado de las múltiples transformaciones sociales y económicas del país, de la globalización y la liberación de las economías en el mundo, se produjo una apertura del mercado de la venta de alcohol, con lo que se establecieron condiciones estructurales para la importación, exportación y competitividad de las bebidas alcohólicas, que ha repercutido en la disminución de los costos, en el fácil acceso y en el incremento del consumo por parte de la población (1).

 

El consumo de alcohol ha estado asociado a la vida pública, al trabajo remunerado y, con ello, al mundo masculino; mientras a la mujer se le ha identificado con el mundo familiar, con lo doméstico y con lo privado. En esta ideologización y en la división sexual del trabajo, los hombres han definido sus roles como trabajadores y proveedores; y así se ha destacado el tiempo libre. De esta forma, el consumo de alcohol se ha relacionado con esparcimiento, reuniones sociales, con acuerdos laborales, celebraciones, hacer amigos y para silenciar el dolor en el duelo; sin embargo, cuando las mujeres acceden a la vida pública, porque se incorporan al trabajo remunerado, también acceden al consumo de alcohol por razones de esparcimiento y, además, por conflictos de género -como la doble jornada, donde se le exige cumplir como trabajadora, madre y esposa- y por las dificultades para afrontar problemas de sus vidas por medio de otros mecanismos (1-2).

 

Un aspecto de importancia documentado en las mujeres trabajadoras o que viven en condiciones especiales es la búsqueda de efectos placenteros o reductores del estrés, de la tristeza, la soledad y los estados depresivos, mediante el consumo de alcohol; utilizado, además, como un favorecedor de la socialización, sobre todo, en los grupos de trabajo donde las mujeres que se han incorporado buscan con esta conducta una mayor aceptación y liberación (1-4).

 

Este incremento de roles de la mujer, su incorporación al mercado laboral, las expectativas del consumo femenino, así como la utilización del alcohol como mecanismo de afrontamiento, parece corresponder con el aumento en la prevalencia de consumo de alcohol. Según las Encuestas Nacionales de Adicciones, en 1993 el 36,5% de las mujeres consumían alcohol, para el 2002 fue el 43% y para el 2008 fue de 60,5%. En relación con las bebedoras excesivas, de 1998 al 2002 se incrementó de 2,6% a 3,6% y para el 2008 se incrementó a 5,3%. Adicionalmente, se reporta en forma alarmante el consumo excesivo en el 15,8% de las mujeres, mientras el 1,6% consumen de forma consuetudinaria. Final mente, el 0,7% de las mujeres cumplió con el criterio de dependencia en el 2002 y de 1,7% para el 2008 (5-6).

 

Es importante reconocer que existen factores macro y microestructurales que son coadyuvantes de la conducta, como son la percepción de estrés, autoestima y depresión, que afectan la conducta del consumo de alcohol. En términos colectivos, se ha señalado que las mujeres con consumo de alcohol excesivo desafían lo establecido tradicionalmente por su rol femenino, de madre y esposa; por ende, la carga social es muy fuerte porque se considera que han perdido respetabilidad en casi todas las áreas de su vida. En otras palabras, experimentan un estigma social más fuerte y destructivo que los hombres, lo cual genera aún más estrés, estados emocionales afectivos negativos y baja autoestima (7).

 

Las consecuencias del consumo de alcohol en las mujeres son múltiples: van desde las de tipo físico, pasando por las sociales, hasta llegar a las de tipo emocional, que afectan su vida y la de sus familias. En el terreno de las consecuencias en la salud, estos efectos son graves, debido a las diferencias fisiológicas, metabólicas y estructurales, que influyen en la rápida tolerancia y dependencia al etanol que daña y afecta con mayor severidad órganos vitales de la mujer (8).

 

Diversos estudios han mostrado que existen factores de riesgo personales como la edad, la escolaridad, el estado civil, la ocupación y los roles sociales y laborales, que presentan diferencias significativas en distintos grupos de mujeres; simultáneamente, algunos factores psicosociales como autoestima, estados emocionales afectivos y eventos estresantes de la vida, los cuales han mostrado relación con la conducta de consumo de alcohol. Sin embargo, las investigaciones no son concluyentes debido a las inconsistencias y limitaciones metodológicas de los estudios que se han realizado (3,9-10).

 

La problemática de salud de la mujer a causa del consumo moderado o excesivo de alcohol demanda mayores y especializados servicios de salud para su atención. Esto, a su vez, repercute en la elevación de los costos en materia de salud, en los años de vida saludables y productivos perdidos de las mujeres, así como en la pérdida de la estabilidad de las familias de las mujeres con problemas de consumo.

 

Por ello existe la necesidad de profundizar en los factores de riesgo personal de tipo demográfico, laboral (como actividad e ingreso económico) y psicosocial (como autoestima, estrés y estados afectivos), y estudiar su relación con el consumo de alcohol en las mujeres adultas.

 

Este tema se considera prioritario, dadas las consecuencias en la salud; los efectos sociales, económicos y familiares que se producen, y, además, el aporte al conocimiento científico que permita el diseño y la aplicación de intervenciones preventivas que limiten el consumo de esta sustancia.

 

De acuerdo con lo anterior, se realizó un estudio cuantitativo, en su modalidad descriptivo-correlacional, que permitió conocer de qué manera algunos factores personales (demográficos y laborales) y psicosociales (estrés, autoestima y estados afectivos) se asocian y predicen el consumo de alcohol bajo la perspectiva de la teoría de factores de riesgo de Clayton (11).

 

Se anexa documento en pdf.

 

FUENTE:      Redalyc Sistema de Información Científica

http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/1452/145216898007.pdf

 






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